LA TRANSFORMACIÓN Y LO COTIDIANO
Esta carta la escribo desde un lugar muy cotidiano: mi cocina. Llevo varios días pensando en tomarme el tiempo de escribirles y contarles algo interesante y profundo, pero la verdad es que últimamente he descubierto que no siempre hay que ir a lo profundo para que algo sea valioso.
En lo cotidiano y en lo simple estoy encontrando mucha paz y dicha: en el olor al pan fresco, en el sonido de los pájaros que ahora parecen cantar más fuerte, en un abrazo amoroso. Creo que, después de ir a las profundidades, se aprecia mucho más la brisa fresca. La intensidad de sentir tanto puede despertar una sensibilidad que permite reconocer la gracia en lo cotidiano.
Hoy recordé una de mis historias favoritas, que quisiera compartirles porque refleja un poco lo que ocurre cuando la transformación interna nos lleva a experimentar cambios en la vida. Es una parte del Ramayana donde Hanuman, el dios mono, ayuda a rescatar a Sita para que regrese junto a Rama.
Este rescate representa el volver a nuestro Ser. Es la unión que se experimenta en yoga: cuando la mente vuelve a su estado más puro y refleja la esencia de quienes somos realmente. Hanuman representa la voluntad, el coraje, la devoción, la fuerza interna y la lealtad incondicional.
Vuelvo a la historia. Cuando Hanuman le informa a Sita que será rescatada, y mientras sale de la ciudad donde la tienen presa, incendia todo con su cola envuelta en llamas. Así comienza la batalla entre demonios y dioses para rescatarla.
En muchas historias épicas hay una batalla, y no tiene nada que ver con pelearse con lo de afuera, ni tampoco con pelearse con uno mismo. Pero sí tiene que ver con enfrentarse. Ver lo incómodo. Encarar lo que escondemos debajo de la alfombra, lo que da vergüenza, lo que nos enseñaron a ser y ya no nos funciona para vivir en coherencia con quienes realmente somos.
Y eso trae consecuencias en lo que vemos afuera. Quizás algunas relaciones cambien, o cambien nuestras formas de relacionarnos, o estructuras que sosteníamos, porque comenzamos a alinearnos con algo distinto, algo que en ese momento hace más sentido con lo que resuena dentro de nosotros.
Muchas veces nos resistimos a esos cambios internos porque no es fácil quemar lo conocido, aunque ya no nos funcione. Al decir quemar me refiero a la transformación. Por eso, y porque a todos nos duele algo, a todos nos cuesta algo, hace falta mucha compasión, mucho amor con nosotros y con los otros… y desde ese lugar de vulnerabilidad quizás lo simple, lo que nos saque una sonrisa, el ahora comienza a ser maravilloso.
Al final terminé intensa. Ni modo.
LA DIVINIDAD EN NUESTRA HUMANIDAD
Les escribo desde el invierno profundo gallego. Para quienes no son de aquí, imaginen un lugar de tinieblas largas, lluvia persistente, brisa húmeda y frío que se mete en los huesos. Es un paisaje precioso si una está llena de amabilidad y serenidad interna. No es exactamente mi caso en este momento de mi vida.
Aunque, pensándolo bien, quizá no me refiero tanto al invierno de afuera, sino a esos inviernos internos que nos toca atravesar. A las dificultades que son oportunidades de transformación que se nos presentan por dentro y a aquellas que se muestran afuera y nos despiertan: el miedo, el cansancio, la duda, la impaciencia, la sensación de no estar a la altura de la imagen que hemos construido de nosotras mismas, nuestras limitaciones.
Así que no esperen de mí una carta alegre ni especialmente luminosa.
El invierno —el de afuera y el de adentro— tiene algo poco complaciente: desmonta ciertas imágenes que sostenemos sobre nosotras mismas. Te baja del pedestal de “la que ya entendió”, “la que ya trascendió”, “la que debería poder con todo”. Te muestra los patrones repetitivos, las sombras, las idealizaciones. Y, curiosamente, en esa caída hay algo más verdadero.
En estos días me encuentro más humana que ejemplar. Más limitada que inspiradora. Y es justamente ahí donde empiezo a reconocer eso que llamo lo divino dentro de nuestra humanidad.
En estos momentos de dificultad puede surgir algo profundamente hermoso: la fuerza de la suavidad, la resiliencia, la compasión, la transformación… y también el rezo. No como gesto solemne, sino como reconocimiento. Como ponerse de rodillas —a veces literal, a veces interiormente— y sentir eso que llamamos divino. No como algo espectacular, sino como una fuerza discreta, una fuente de sostén que aparece cuando dejamos de aparentar.
Una energía que no nos hace invencibles, pero sí un poco más verdaderas. Un poder que no domina, sino que acompaña. Algo lleno de gracia, sí, pero también de una benevolencia sencilla.
Eso que llamamos divino no aparece solo en la caída; también se vuelve nítido en la quietud, en la escucha, en la disposición a alinearnos con algo más amplio que nuestra historia personal.
En el yoga, esto se reconoce como Isvara pranidhana: rendición hacia lo divino. No es algo que hacemos, sino algo que ocurre en la práctica, siendo la práctica ese vehículo que nos ayuda a vernos internamente, y traernos a un estado de presencia. Esa rendición surge cuando dejamos de intentar controlar, cuando la tensión se afloja y se abre un espacio de presencia. No requiere esfuerzo; es un campo al que podemos acceder. Se manifiesta cuando nos permitimos soltar, cuando algo en nosotras se inclina y reconoce que no estamos solas.
Esa presencia nos atraviesa y nos sostiene. No nos hace invencibles, pero nos devuelve la claridad de ver lo que somos y lo que nos rodea, sin necesidad de forzar nada. Es un reconocimiento silencioso de que hay algo mayor que se hace presente a través de nuestra humanidad, y de que podemos, incluso en medio de todo, amarnos incondicionalmente.
UNA SHALA
He llevado Shalas durante 15 años, las he construido de a poquito y también me han sido dadas ya andando, las he compartido y las he llevado en soledad, aunque nunca en soledad, porque siempre, siempre es con un otro el llevar una Shala. Sin un otro no es posible, es una interconexión que teje una red. Estas tiene muchas caras, matices, faces y aprendizajes, aquí comparto una partecita.
La palabra Shala se traduce como hogar, y tiene un sentido de calidez, santuario, templo, comunidad, refugio para aquellos que quieren ir hacia su interior, conectar desde la materia que sería el cuerpo hacia el espíritu, y ser parte de un grupo de personas que están en el mismo camino.
Cuando somos parte de una shala se crea una red que nos sostiene a todos en nuestras prácticas, tanto la energía de los compañeros como la del profe sostiene esta red. Cuando me refiero a energía no hablo de las «vibes» si son buenas o malas. La energía es una fuerza que nos moviliza, la energía se mueve hacia donde ponemos nuestra atención, nuestra presencia, por eso su intensidad es mayor cuando un grupo de personas están practicando yoga, porque estamos poniendo toda nuestra presencia en conectar, en volver a la fuente, a la esencia de la vida.
Para poder estar cada mañana desde horas muy extrañas disponible como profe, en presencia con lo que se va movilizando en la Shala y con toda la atención que cada alumno necesita hay una dedicación que no se ve a simple vista, no es de 2 o 3 horas, es el trabajo interno que hacemos, el auto conocimiento y la honestidad con que abordamos nuestros procesos. El trabajar con un otro siempre nos interpela, nos moviliza y es un constante conocerse, observarse, sentir que se nos mueve para no poner en el otro lo que me corresponde hacerme cargo o entender de uno mismo.
Es nuestra responsabilidad, como profes poder estar en conexión con nosotros para poder estar con nuestros alumnos.
También sostiene a este espacio sagrado lo que invertimos, el dinero que aportamos no es para comprar algo, venimos de una cultura de consumo, donde se vende todo, se compra todo, pero no se puede comprar el yoga, no tiene precio, es como querer comprar todo aquello que es intangible, con el dinero estamos aportando para que ese espacio y esas personas que se dedican a acompañar a otros en su proceso del yoga, puedan hacerlo. Porque para esas personas no sería posible sin tu inversión estar ahí y de hecho es muy complejo vivir de tener una Shala de Yoga. Cada quien tiene una relación diferente con el dinero, con el valor de lo que está ofreciendo, con dar y con recibir, dependiendo de donde venimos y como crecimos, y conocer esto a la hora de llevar una Shala es muy importante, en mi caso es un proceso aún conocerlo, aceptarlo y transformarlo de a poco, si es necesario, como cualquier relación, la relación con el dinero puede transformarse.
El ritmo, los tiempos, los procesos en éste espacio son reales, son humanos, se va de a poco, son como la vida misma, se trata mucho de estar para un otro, de construir de a poco, comprende, cuestionarse, y plantearse como puedo hacerlo mejor para todos una y otra vez.